Ajustando cuentas con el
pasado
Podríamos
denominarlas “preguntas repentinas” o “preguntas de ajuste de cuentas con el
pasado”, y, de alguna manera, podrían ser definidas como preguntas esencialmente
recriminatorias dirigidas a alguno de los padres sobre el pasado, en la
infancia y/o adolescencia; preguntas formuladas desde el presente en el que quien las hace ya está
en condiciones de “enfrentarse” a su progenitor y pedirle cuentas por algo.
Jonathan Franzen en su novela más reciente, Libertad , uno de los personajes clave, Patty,
pregunta a su madre, una vez muerto su padre:
—¿Por qué nunca asistías a mis
partidos de baloncesto?
David Foster Wallace, en Sin ningún significado, una historia incluida en Entrevistas
breves con hombres repulsivos (1998), un chico a punto de independizarse de
sus padres, recuerda un suceso acaecido cuando él tenía 8 o 9 años: su padre se
masturbó frente a él. Y ese recuerdo le atormentaba. Un día, el día en el
que el padre le ayuda a hacer el traslado, se atreve a plantearlo de este modo:
“… de pronto fui y le dije a padre que hacía poco me había
acordado del día en que se bajó y se meneó la polla delante de mi cara cuando
yo era niño y […] le pregunté: ‘¿Qué coño pasó allí?’”
Dos preguntas
repentinas e inquisitivas y dos respuestas por parte del adulto requerido:
Franzen elige una respuesta absolutamente
previsible, titubeante y disculpatoria por parte de la madre.
—Tienes
razón —admitió Joyce de inmediato, como si llevara treinta años esperando esa
pregunta—. Tienes razón, tienes razón, tienes razón. Debería haber ido a más
partidos tuyos.
—¿Y por
qué no lo hacías?
Joyce
reflexionó un momento.
—La
verdad es que no sabría explicarlo —respondió—, como no sea diciendo que
teníamos tantas cosas en marcha que no dábamos abasto. Como padres, cometimos
errores. A estas alturas seguramente tú misma has cometido algunos.
Probablemente puedas entender lo confuso y ajetreado que se vuelve todo. Lo
difícil que es cumplir con todo.
Foster Wallace
elige como respuesta una no-respuesta, una inquietante mirada, un silencio acusatorio al hijo que pregunta:
Y lo que
hizo entonces mi padre -estábamos en la camioneta, a falta de un trecho para llegar a casa de mis padres, donde yo estaba haciendo los preparativos de mi traslado-, sin
apartar las manos del volante ni
mover un solo músculo más que el cuello, fue girar la cabeza para
mirarme y clavar en mí aquella mirada.
No fue una mirada de cabreo ni tampoco
una mirada perpleja como si creyera que no me había entendido. Y no fue
como si me dijera “¿Qué coño te pasa?”, o “Sal de aquí cagando leches” ni ninguna de las cosas que solía decir cuando era
obvio que estaba cabreado. No dijo una palabra, y sin embargo aquella mirada que clavó en mí lo decía
todo, como si no pudiera creer que acabara de oír aquella porquería saliendo de
mis labios, como si no se lo pudiera creer y se sintiera
completamente asqueado, como si no solamente jamás en su vida se hubiese
meneado la polla delante de mí sin razón alguna cuando yo era niño, sino que el mero hecho de que yo hubiera sido
capaz de imag¡nar, que
se hubiera meneado la polla delante de mí y me lo hubiera creído y luego hubiera sido capaz de sacar el tema en su presencia en
aquella camioneta de alquiler y
llegar a acusarlo, etcétera, etcétera. La mirada que
dirigió en aquel momento en la camioneta
mientras conducía, después de haberle mencionado el recuerdo y habérselo preguntado abiertamente... aquello fue
lo que me sacó completamente de
mis casillas, en lo que respecta a mi padre. La mirada
que me dirigió después de girarse lentamente decía que se avergonzaba de mí y
que se avergonzaba de sí mismo por el mero hecho de estar emparentado conmigo.
Dos soluciones radicalmente distintas y que, a mi juicio, enfrentan el realismo fotográfico de Franzen con la profundidad psicológica de los personajes de Wallace.
¿Quién no
tiene una pregunta que hacer a un progenitor, aunque éste ya esté muerto? ¿Quién no tendrá que, de alguna
manera, hacer un ajuste de cuentas con su pasado?
Pero quizá sea más dramático el que algún día, alguno de tus hijos llegue a formularte una pregunta de este tipo. Yo, al menos, quizá porque ya escucho el eco de la pregunta, temo la llegada de ese momento. Estoy seguro de que enmudeceré al no saber qué coño contestar.
Pero quizá sea más dramático el que algún día, alguno de tus hijos llegue a formularte una pregunta de este tipo. Yo, al menos, quizá porque ya escucho el eco de la pregunta, temo la llegada de ese momento. Estoy seguro de que enmudeceré al no saber qué coño contestar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario