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viernes, 13 de mayo de 2016

Ostracismo y petalismo



Ruego se me permita una breve descripción que he recopilado de Wikipedia (hay que ayudar a esta compañía a que siga autofinanciándose sin necesidad de publicidad) y de alguna otra fuente respecto a dos términos sobre los que, sugerido por la lectura de Montaigne, se me ha ocurrido hoy hacer una leve reflexión. Estos términos son ostracismo y petalismo.

Se da el nombre de ostracismo a un procedimiento político derivado de una curiosa ley de la antigua democracia ateniense que permitía desterrar temporalmente a un ciudadano considerado peligroso para el bienestar público de la polis o culpable de acumular un exceso de poder o, en general, de poner en peligro la democracia en la ciudad.

Etimológicamente, la palabra griega στρακισμός (ostrakismós) significa exactamente eso: "destierro por ostracismo".

La palabra ὄστρακον (óstrakon) quiere decir cáscara de huevo, caparazón de tortuga, caparazón en general. También se refiere a un trozo de terracota  en forma de concha donde se escribía el nombre de aquellos ciudadanos susceptibles de ser condenados al destierro.

La ley por la que se establece la institución del ostracismo fue decretada al expulsar al último tirano, Hipias, poniendo así punto final a la tiranía de los Pisistrátidas en el año 510 a.C.  Su impulsor fue el restaurador del nuevo orden democrático ateniense, Clístenes, quien, además, estableció como institución suprema a la "Ekklesia" o asamblea de todos los ciudadanos. Su objetivo: salvaguardar el sistema democrático de enemigos internos.    

En su aplicación fueron enviados al exilio bastantes políticos de la polis: el primer  condenado fue el político Hiparco, más tarde Magacles V, Jantipo (padre de Pericles) y en el 482 a. C., Arístides, por sus enfrentamientos sociales a favor de los campesinos y en contra de las flotas marítimas. 

El procedimiento se repetía cada año y se desarrollaba fundamentalmente en dos fases:

La primera de ellas tenía lugar durante la sexta pritanía (entre enero y febrero) época que la cual la mayoría de los ciudadanos podía acudir a la polis (las cosechas se almacenaban); se reunía en asamblea y se votaba a mano alzada si se debía proceder a condenar al ostracismo a algún ciudadano. No había debate y los nombres de los candidatos no se revelaban. Si el resultado era positivo, volvían a tener una votación pública dos meses más tarde, en la siguiente pritanía.

En este segundo encuentro, se reunían en asamblea solemne (catekkelesía), requiriéndose un quorum de seis mil ciudadanos con derecho a voto. Cada ciudadano que deseaba votar, escribía con un punzón sobre un fragmento de cerámica. o eventualmente en una concha de ostra (de ahí la palabra ostracon), el nombre del sujeto cuyo destierro le parecía necesario para el bien público. Si alguno de los señalados obtenía la mayoría absoluta de votos emitidos debía abandonar la ciudad en el plazo máximo de diez días y permanecer exiliado durante diez años.El exilio no era nunca permanente y, además, la persona exiliada no perdía jamás sus derechos como ciudadano e incluso podía ser perdonado y autorizado a volver a la ciudad por una nueva votación de la asamblea. Durante el periodo de destierro, la ekklesía conservaba los ostraca en los que figuraban los nombres de los ostraquizados.
Esta votación se hacía al pie de la colina en la que se ubicaba el Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas, quienes, al pie de dicha colina, arrojaban los productos de alfarería defectuosos, rompiéndose en trozos cóncavos que recordaban la forma igualmente cóncava e irregular de una concha de ostra (ostracon). 

Como curiosidad, valga una cita de Plutarco relativa al destierro de Arístides:

Estaban en la operación de escribir las conchas, cuando se dice que un hombre del campo, que no sabía escribir, le alcanzó una a Arístides, a quien casualmente tenía al lado, y le encargó que escribiese Arístides; y como éste se sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún agravio: “Ninguno —respondió—, ni siquiera le conozco, pero ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo’". Oído esto, Arístides nada le contestó y escribiendo su nombre en la concha, se la devolvió. (Plutarco, Vidas paralelas: Arístides, VII).


El segundo de los términos comentados, el petalismo (del griego πεταλισμός) era un procedimiento similar al anterior que llegó a aplicarse durante un tiempo en la ciudad siciliana de Siracusa según el cual se desterraba a las personas que habían concentrado un gran poder e influencia y podrían ser potencialmente peligrosas para la ciudad. En este caso el procedimiento consistía en escribir el nombre de la persona cuyo destierro se consideraba conveniente en una hoja de olivo. Se trataba, pues, de un sistema inspirado en el ostracismo con el que se pretendía controlar las pretensiones de aquellos hombres que querían implantar una tiranía y provocaban abundantes desórdenes en la ciudad. El exilio de las condenados al mismo tenía una duración de cinco años.

El petalismo fue abolido prontamente debido a que, a causa del temor al exilio, los ciudadanos más importantes, que por su poder o su virtud habrían podido prestar mejores servicios a su patria, se alejaban de los asuntos públicos y se dedicaban únicamente a la administración de sus propios bienes, permitiendo así que fueran los más perversos y los más audaces quienes asumieran la gestión de los asuntos públicos. Pronto aprovecharon esta situación demagogos y alborotadores, provocando desórdenes y revueltas entre la población.

(¡Gracias Wikipedia y otros!)

Y ahora una breve, y seguro, insustancial reflexión:

¿No sería oportuno, en esta fase de inoperatividad política en la que nos encontramos, recuperar alguna forma de ostracismo o petalismo, al modo como los idearon y pusieron en práctica griegos y grecorromanos?

Sería algo así como preguntar a los ciudadanos, en lugar de votar de nuevo a los mismos y lo mismo, si, vista la experiencia habida, no sería oportuno condenar al “ostracismo” o  al “petalismo”, o como quiera que se acuerde llamar a este fenómeno, a aquellos políticos que, habiendo sido elegidos en pasadas elecciones, han sido incapaces de llegar a algún acuerdo que permitiera un gobierno en este país e impedirles de este modo que durante un periodo temporal de unos años no puedan aspirar a ser de nuevo elegibles? Igualmente deberían ser condenados a devolver los fondos públicos recibidos, tanto en forma de subvenciones como de salarios. No creo que a ningún trabajador le paguen tan generosamente por no hacer nada.

Estoy seguro que, teniendo en cuenta las opiniones de todos, con ideologías distintas, llegaríamos a un buen resultado que, posiblemente, diera satisfacción a todos.

Además, visto lo visto, estoy seguro de que no serían de aplicación las causas por las que el petalismo fue abolido en Siracusa, pues aquí ya ha quedado suficientemente demostrado que no son precisamente los hombres “virtuosos” los que aspiran a la gestión de la cosa pública, sino que, por el contrario, son “los más perversos y los más audaces” los que, con las excepciones que cada uno quiera hacer, pretenden gestionar los asuntos de Estado y fomentan “entre las masas el desorden y la revuelta”, ¡al menos la indignación!, y abundan “los demagogos y los aduladores” y los ladrones de lo público (muchos).

Pues no sé, pero, quizá, de este modo se reirían un poco menos de nosotros.



martes, 15 de marzo de 2016

Clasificaciones según edad


A veces simplificar es bueno pues ayuda a entender. Pero a veces las simplificaciones “simples” pueden crear confusión en aquellos a los que se les trata de explicar algo y, de paso, a los por ellas afectados.
Me explico. El pasado fin de semana he estado visitando a mis nietos, en la localidad de Aranda de Duero, donde viven. Mi nieto Lucas tiene nueve años y, no es por dármelas de abuelo engreído, el jodido es listo y mentalmente rápido.

La semana que acababa de finalizar, en el colegio les han explicado la clasificación de los humanos en razón de la edad. Y por aquello de la simplificación a que me refería al iniciar mi exposición, nos han agrupado en tres grandes grupos: niños, hasta los dieciséis años; adultos, hasta los sesenta y cinco; ancianos, a partir de esa edad fatídica. Mi nieto, al llegar a casa, algo así como aterrorizado, dijo a su madre, mi hija: “¡El abuelo es un anciano!” Quizá no le casara la figura de un anciano con la de su abuelo.

Explicar a mi nieto lo de las simplificaciones y los matices de las clasificaciones generales puede ser, y de hecho lo fue, fácil. Pero a mí me han dejado planchado. Que por un momento en la mente de mi nieto se albergara la figura de su abuelo como un decrépito anciano me parece un atentado a mi integridad física y mental; a mí, a un abuelo que pretende ser marchoso, estar al nivel de su nieto, entenderlo, subir con él a la montaña, jugar al fútbol, aunque luego los lumbares y las rodillas reclamen como afectadas resabiadas… Me he sentido objeto de maltrato, torturado por un libro de texto simplificador o por un maestro celoso de hacer entender a sus alumnos ciertos misterios de la vida y que para ello acude a simples clasificaciones, a meras simplificaciones. ¡No soy un anciano!
Cuando se lo comenté a mi amigo Antonio, coetáneo mío, se quedó un momento pensativo y, al inquirirle sobre qué pensaba al respecto, me dijo que, si lo enseñado a mi nieto era cierto, algo erróneo habría en nuestra naturaleza de ancianos, pues aún, aunque de tarde en tarde, él tiene una erección (bueno Antonio dijo exactamente: “aún se me empina”). Y algo que hasta entonces le servía de motivo de orgullo, a partir de ahora, se convertiría en objeto de preocupación.

domingo, 14 de febrero de 2016

Hay días que vienen completos



Nuestros días pasan sometidos al ritmo que marcan nuestras pequeñas y cotidianas rutinas. Sin detrimento de la rutina, pues, al fin y al cabo, es ella quien aporta el tejido óseo, el entramado, algo así como la estructura de hormigón que sustenta nuestras vidas, las recorre y, a veces, nos permite salirnos de ella y contemplar, desde perspectivas inéditas, panoramas espléndidos.


Es como si la rutina nos diera una especie de tregua, un escape, un permiso por horas para escapar de sus lazos, sabedora de que al día siguiente volveremos a ella buscando la seguridad que proporciona.


Ayer mismo fue para mí uno de esos días. No sé muy bien cómo llegó a suceder, pero allí estaba yo, por la mañana, prosiguiendo mi lectura de los Ensayos de Montaigne, edición de Cátedra. Ese día entre otros, leía yo el cap. XXXIX que lleva por título La soledad y que tiene por destinatarios de sus reflexiones a los que ya hemos cumplido suficientes años. Y, en el mismo, entre otras, se recogen ideas como éstas: 

Es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad.[…] Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos apoltrone: In solis sis tibi turba locis (Sé tú mismo; multitud en soledad (Tíbulo).


Decía Sócrates que los jóvenes debían instruirse; los hombres ocuparse en la práctica del bien, y los viejos apartarse de toda ocupación civil y militar, viviendo libres, sin obligación ninguna determinada. Hay naturalezas que son más propicias que otras a estas condiciones del retiro.


En el gobierno doméstico, en el estudio, en la caza, en cualquiera otro ejercicio, puede llegarse hasta el último límite del placer y cuidar de no tocar más adentro, allí donde la pena comienza a tomar parte. En cuanto a ocupación y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad cobarde y adormecida.  


Por la tarde, aún con permiso de la rutina, viendo esa espléndida película de Paolo Sorrentino que lleva por título La juventud.  Jóvenes y viejos en ese espléndido balneario suizo y alpino. Vejez y juventud,  pasado y futuro, observándose, aprendiendo unos (los jóvenes) de los otros; añorando otros (los viejos) lo perdido. “¿Quién es?”. “Dios”. Y, efectivamente, era Dios, encarnado en el cuerpo hermoso, muy hermoso, ¡Dios, qué hermoso!, de una joven y hermosa mujer. 


Me pareció ver sentado junto a mí en la butaca de al lado a Montaigne, que volvía hacia mí su cabeza y me decía: “¿Ves? Esto es los que esta mañana trataba de explicarte”. Juro que, al final, entre los créditos de la película, vi escrito: “Guionista: Michael de Montaigne”, aunque luego, en la hoja informativa que los cines Renoir pusieron a mi disposición, aparecía escrito: “Guionista: Paolo Sorrentino”. Pero yo sé que no es verdad, que el guionista real es Montaigne. Quizá lo hacen porque éste ya no puede cobrar derechos de autor.

Y si no me creen, Vean y escuchen.