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domingo, 4 de enero de 2015

Las malas traducciones

Recientemente ciertas lecturas que más adelante mencionaré me trajeron recuerdos de infancia cuando, con 11, 12 o 13 años, en el seminario, aprendíamos durante los seis largos cursos del bachillerato de entonces los secretos del latín, en aquel texto voluminoso escrito por el Padre Juan Leal, S. I., que llevaba por título Gramática Latina, para los primeros cursos, y en los siguientes, con libros de Sintaxis y Estilística y las traducciones de los clásicos latinos: Cicerón, Virgilio, Ovidio, Julio César…
 

En general nuestros voluntariosos frailes, sin llegar a ser ellos mismos expertos en la lengua latina, se esforzaban, especialmente en los primeros años, a que aparte de las declinaciones y conjugaciones, aprendiéramos los rudimentos de la traducción y alguno de ellos, persiguiendo quizá una motivación extra, nos proponía para el día siguiente algunas frases a traducir que tenían, digamos, una pequeña trampa.
 
Recuerdo especialmente dos frases de este tipo; la primera decía “Mater tua mala bura est” y, la segunda, “Tu comes en Plato”.
 
Teníamos un compañero en clase, llamémosle Ambrosio,  al que el latín le resultaba especialmente enojoso y siempre andaba pidiendo ayuda. Y así lo hizo en relación a estas dos frases. A la segunda de ellas, me pregunto que cómo traducir una frase que ya estaba en español. Le hice ver que Plato estaba escrita con mayúscula y que por tanto sería un nombre propio que asociamos con Platón y que comes podría traducirse, una vez buscado en el diccionario, como compañero o amigo. Y de esa manera llegamos a intuir, como así se confirmó en la clase del día posterior, que podría traducirse más o menos como He aquí a tu amigo Platón.
 
Para la primera de las frases acudió Ambrosio en demanda de ayuda al más listo de la clase, si bien también poco amigo de ayudar a nadie, y éste ofreció a Ambrosio la siguiente traducción: Tu madre es una mala burra. Y cuando, a la hora de la clase el profesor preguntó quién de nosotros conocía la traducción de Mater tua mala bura est, Ambrosio levantó el brazo el primero de todos y a continuación soltó la traducción que malintencionadamente le había dado el listo de la clase. La risotada fue mayúscula y cuando llegó la hora del recreo Ambrosio se lanzó sobre el listo y a punto estuvo de pasar a mayores si no fuera por la rápida actuación de los frailes vigilantes y sus efectivos cinturones de cuero.

Pero bueno, son hechos sin transcendencia en la historia de la humanidad, si acaso solo en la historia personal de Ambrosio. 

Me referiré ahora a dos casos de “malas traducciones” que sí tuvieron, y aún la tienen,  una decisiva incidencia en grandes áreas del orbe.
El primero de ellos se refiere al ámbito judeocristiano, en concreto al tema de la virginidad de María, y sobre el mismo dice Richard Dawkins:

“Los estu­diosos de la Biblia conocen bien la cuestión, que no es objeto de discusión entre ellos. La palabra hebrea en Isaías es (almah), que indiscutiblemente significa «mujer joven», sin implicación alguna de virginidad. Si hubiera pretendido hablar de una «virgen», podría haber utilizado en su lugar (bet­hulah) (el ambiguo término inglés “maiden” ilustra lo fácil que resulta des­lizarse de un significado a otro). La «mutación» tuvo lugar cuando la ver­sión griega precristiana conocida como Septuaginta o de los Setenta tradujo almah por parthenos, que realmente suele significar virgen. Mateo, (por supuesto, no el apóstol y contemporáneo de Jesús, sino el evangelista, que escribió mucho tiempo después) citó a Isaías en lo que parece ser un deriva­do de la versión de la Septuaginta (de las quince palabras griegas, todas, menos dos, son idénticas), al decir: «Todo esto sucedió para que se cumplie­se lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice: “he aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y se le pondrá por nombre ‘Emmanuel’" (Mateo 1, 22).
 
Los estudiosos cristianos aceptan ampliamente que la historia del nacimiento de Jesús de una virgen fue una interpolación tardía, introducida proba­blemente por los discípulos de lengua griega para que quedase constancia del cumplimiento de la (mal traducida) profecía. Las versiones modernas, como las de la Nueva Biblia inglesa, vierten correctamente el término correspondiente usado en Isaías por «mujer joven». Con igual corrección, con­servan el término «virgen» en Mateo, pues aquí traducen del griego”.
 
(Richard Dawkins, El gen egoísta. Barcelona, Salvat, 2005. 5ª edición. Traducción de Juana Robles y José Tola Alonso. Nota final nº 6, pp 343-344).

Pensemos en todo lo que se ha derivado esta “mala traducción”, especialmente  el mundo católico: dogmas,  inquisidores condenando a herejes que no aceptaban la pretendida virginidad de la pretendida María, hermandades, procesiones, órdenes religiosas bajo sus distintas advocaciones… ¿Cuánto de todo esto hubiera existido si  el traductor no se hubiera equivocado?
El segundo, pero no de menor importancia, también se refiere a vírgenes (se ve que esto de los virgos motiva sobremanera a los grandes pensadores religiosos) y en concreto a la traducción de término huríes como vírgenes,   de acuerdo con la promesa hecha por Mahoma a todos y cada uno de los fieles que accedan al paraíso, quienes, junto a la felicidad eterna, disfrutarán de la compañía, todos y cada uno de ellos, especialmente si son mártires, de  72 vírgenes (huríes).
Para ponernos en antecedentes, leamos los versos 12-46 de la Sura 56: Al-Wáqiaa (Lo Que Ha De Ocurrir), del período de la Meca y, según toda la evidencia disponible, revelado unos siete años antes de la hégira del Profeta.

[…]
(15) Estarán sobre lechos de felicidad incrustados de oro,
(16) reclinados sobre ellos, unos en frente de otros.
(17) Serán servidos por jóvenes inmortales
(18) con copas. Quizá un día, jarras y vasos llenos de un agua de manantiales puros
(19) que no nublará sus mentes ni les embriagará;
(20) y con fruta de la que elijan,
(21) y con la carne de ave que les apetezca.
(22) Y [con ellos estarán] compañeras puras, de hermosísimos ojos
(23) como perlas ocultas.
(24) [Esta será la] recompensa por lo que hicieron [en vida].
(25) No oirán allí conversaciones vanas, ni incitación al pecado,
(26) sino nuevas de paz y firmeza espiritual.
(27) Y los que han alcanzado la rectitud --¿qué será de los que han alcanzado la rectitud?
(28) [Se hallarán, también,] entre azufaifos cargados de fruta,
(29) y acacias en flor,
(30) y una extensa umbría,
(31) y aguas que brotan,
(32) y fruta en abundancia,
(33) que no se agotará ni será difícil de alcanzar.
(34) Y [con ellos estarán sus] esposas, elevadas [en dignidad]:
(35) pues, ciertamente, las habremos creado perfectas,
(36) resucitándolas como vírgenes;
(37) afectuosas, afines en todo
(38) a los que han alcanzado la rectitud:
(39) habrá muchos de los primeros tiempos,
(40) y muchos de los últimos tiempos.
(41) Pero los que han perseverado en el mal --¿qué será de los que han perseverado en el mal?
(42) [Se hallarán] entre vientos abrasadores, y ardiente desesperación,
(43) bajo una sombra de humo negro,
(44) ni fresca ni agradable.
(45) Pues, ciertamente, antes solían entregarse por entero a la búsqueda de placeres,
(46) y persistieron en el enorme pecado,
(47) y solían decir: "¡Cómo! –cuando hayamos muerto y seamos ya polvo y huesos, ¿seremos, de verdad, resucitados?".

Los placeres sensuales que esperan a los fieles en el Paraíso son gráficamente descritos por Al-Suyuti (m. 1505), comentarista del Corán y erudito en los siguientes términos:
"Cada vez que dormimos con una hurí la encontramos virgen. Además, el pene de los elegidos nunca se pone blando. La erección es eterna; la sensación que sientes cada vez que haces el amor es absolutamente deliciosa y fuera de este mundo y si la tuvieras en este mundo, te haría desmayar. Cada uno de los elegidos [es decir, los musulmanes] se casará con setenta [sic] huríes, además de con las mujeres con las se casó en la tierra, y todas ellas tendrán apetecibles vaginas. "
Volviendo a Richard Dawkins:

“El único competidor para el título de campeón de las malas traducciones de todos los tiempos también se refiere a las vírgenes. lbn Warraq ha argüido con humor que en la famosa promesa de las setenta y dos vírgenes para cada mártir musulmán, “Virgen” es una mala traducción de «uvas pasas de claridad cristalina». Ahora bien, si solo conocemos a los más famosos, ¿cuántas víctimas inocentes de misiones suicidas podrían haberse salvado? [lbn Warraq, «¿Vírgenes?, ¿qué vírgenes?»,”(Islam Watch: Virgins? What Virgins?”) Free Inquiry 26: 45-46 (enero de 2006)]”.

(Richard Dawkins, El espejismo de Dios. Madrid, Espasa Calpe, 2009. Traducción de Regina Hernández Weigand. Nota a pie de página nº 8, p. 108.)

En el artículo de Ibn Warraq se cita uno de los libros más fascinantes jamás escrito sobre la lengua del Corán, el del alemán Christoph Luxenberg, Die siro-Aramaische Lesart des Corán, sólo disponible en alemán, quien trata de demostrar que muchos de los puntos oscuros del Corán desaparecen si leemos ciertas palabras del mismo como procedentes del siríaco y no como procedentes del árabe.

El análisis realizado por Luxenberg, apoyándose en los Himnos de Efrén el Sirio, propone traducir “huríes” como "pasas de uva blanca" de "la claridad del cristal" en lugar de como vírgenes de ojos negros, siempre dispuestas.

Luxenberg afirma que el contexto deja claro que se trata de comida y bebidas frías que los elegidos degustarán en el paraíso, en lugar de inmaculadas doncellas.

Alguien debería avisar de estos extremos a tantos fieles dispuestos a ir al martirio para acceder a las promesas del profeta en el paraíso.
Otro artículo de Ibn Warraq






 

Otro ataque a mi fe

Vivimos indudablemente en tiempos de cambios profundos en lo que a nuestras creencias religiosas se refiere. La crisis económica que nos azota ha llegado a la religión y, por ejemplo, ha obligado a la Santa Iglesia Apostólica y Romana, la Única Verdadera, la Única que ostenta en exclusiva la representación en la Tierra del Único Dios Verdadero, a revisar su doctrina sobre los sistemas de premios o castigos tradicionalmente establecidos tras la muerte, en la eternidad que inevitablemente nos espera.

En esta vorágine de cambios, el Purgatorio ha sido suprimido por innecesario; se ha producido una profunda revisión del concepto del Infierno, que ha pasado de ser un tenebroso lugar físico localizado no se sabe muy bien dónde, pero real, tan real como el fuego eterno que lo habita, a ser un sentimiento personal, una situación interior de cada uno de nosotros. Y otros muchos cambios e innovaciones que resultaría enojoso relatar en este momento.

Aunque no se han publicado datos sobre el ahorro que estas medidas pueden suponer, indudablemente debe ser de alcance muy, pero que muy significativo. Baste pensar si no en el enorme coste de las materias energéticas necesarias para mantener avivado in aetermum el terrible fuego del infierno; el no menor coste de personal necesario para mantener activo este infernal antro; las medidas de seguridad necesarias para que ninguno de los allí condenados escape del mismo; personal de administración…

La Santa Iglesia Católica y Apostólica (y Romana) de alguna manera lo privatiza y que cada cual corra con los gastos de mantenimiento de “su infierno particular”. Desde luego no puede negarse a esta Santa Iglesia y a sus comandantes una superior visión de futuro y valentía a la hora de tomar medidas que, aunque duras, son absolutamente necesarias.

Ante esta profunda revisión de esquemas tradicionales sobre los que se ha asentado mi vida desde antes de que yo naciera, de pronto me descubro sin cimientos y entro en crisis de fe y como vivir sin fe es muy duro para una conciencia conformada en la misma a lo largo de muchos años, trato de refugiarme en creencias que me den más seguridad, que no me sometan periódicamente a revisión, a cambios radicales de dogmas y valores.

Quizá habrá que indagar en otros sistemas de creencias y ver a cuál de ellas, menos voluble, afiliarse.