A veces simplificar es bueno pues
ayuda a entender. Pero a veces las simplificaciones “simples” pueden crear confusión
en aquellos a los que se les trata de explicar algo y, de paso, a los por ellas
afectados.
Me explico. El pasado fin de
semana he estado visitando a mis nietos, en la localidad de Aranda de Duero,
donde viven. Mi nieto Lucas tiene nueve años y, no es por dármelas de abuelo
engreído, el jodido es listo y mentalmente rápido.La semana que acababa de finalizar, en el colegio les han explicado la clasificación de los humanos en razón de la edad. Y por aquello de la simplificación a que me refería al iniciar mi exposición, nos han agrupado en tres grandes grupos: niños, hasta los dieciséis años; adultos, hasta los sesenta y cinco; ancianos, a partir de esa edad fatídica. Mi nieto, al llegar a casa, algo así como aterrorizado, dijo a su madre, mi hija: “¡El abuelo es un anciano!” Quizá no le casara la figura de un anciano con la de su abuelo.
Explicar a mi nieto lo de las
simplificaciones y los matices de las clasificaciones generales puede ser, y de
hecho lo fue, fácil. Pero a mí me han dejado planchado. Que por un momento en
la mente de mi nieto se albergara la figura de su abuelo como un decrépito anciano
me parece un atentado a mi integridad física y mental; a mí, a un abuelo que
pretende ser marchoso, estar al nivel de su nieto, entenderlo, subir con él a
la montaña, jugar al fútbol, aunque luego los lumbares y las rodillas reclamen como
afectadas resabiadas… Me he sentido objeto de maltrato, torturado por un libro
de texto simplificador o por un maestro celoso de hacer entender a sus alumnos
ciertos misterios de la vida y que para ello acude a simples clasificaciones, a
meras simplificaciones. ¡No soy un anciano!
Cuando se lo comenté a mi amigo
Antonio, coetáneo mío, se quedó un momento pensativo y, al inquirirle sobre qué
pensaba al respecto, me dijo que, si lo enseñado a mi nieto era cierto, algo
erróneo habría en nuestra naturaleza de ancianos, pues aún, aunque de tarde en
tarde, él tiene una erección (bueno Antonio dijo exactamente: “aún se me empina”).
Y algo que hasta entonces le servía de motivo de orgullo, a partir de ahora, se
convertiría en objeto de preocupación.