Nuestros días pasan sometidos al
ritmo que marcan nuestras pequeñas y cotidianas rutinas. Sin detrimento de la
rutina, pues, al fin y al cabo, es ella quien aporta el tejido óseo, el
entramado, algo así como la estructura de hormigón que sustenta nuestras vidas,
las recorre y, a veces, nos permite salirnos de ella y contemplar, desde
perspectivas inéditas, panoramas espléndidos.
Es como si la rutina nos diera una
especie de tregua, un escape, un permiso por horas para escapar de sus lazos,
sabedora de que al día siguiente volveremos a ella buscando la seguridad que
proporciona.
Ayer mismo fue para mí uno de esos días. No sé muy bien cómo
llegó a suceder, pero allí estaba yo, por la mañana, prosiguiendo mi lectura de
los Ensayos de Montaigne, edición de Cátedra. Ese día entre
otros, leía yo el cap. XXXIX que lleva por título La soledad y
que tiene por destinatarios de sus reflexiones a los que ya hemos cumplido
suficientes años. Y, en el mismo, entre otras, se recogen ideas como éstas:
Es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en
la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro
y soledad.[…] Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola
es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y
recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos
apoltrone: In solis sis tibi turba locis (Sé tú mismo; multitud en
soledad (Tíbulo).
Decía Sócrates que los jóvenes
debían instruirse; los hombres ocuparse en la práctica del bien, y los viejos
apartarse de toda ocupación civil y militar, viviendo libres, sin obligación
ninguna determinada. Hay naturalezas que son más propicias que otras a estas
condiciones del retiro.
En el gobierno doméstico, en el estudio, en la caza, en cualquiera otro
ejercicio, puede llegarse hasta el último límite del placer y cuidar de no
tocar más adentro, allí donde la pena comienza a tomar parte. En cuanto a ocupación
y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de
las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad
cobarde y adormecida.
Por la tarde, aún con permiso de la rutina, viendo esa
espléndida película de Paolo Sorrentino que lleva por título La
juventud. Jóvenes y viejos en ese espléndido balneario suizo y
alpino. Vejez y juventud, pasado y futuro, observándose, aprendiendo
unos (los jóvenes) de los otros; añorando otros (los viejos) lo perdido. “¿Quién
es?”. “Dios”. Y, efectivamente, era Dios, encarnado en el
cuerpo hermoso, muy hermoso, ¡Dios, qué hermoso!, de una joven y hermosa
mujer.
Me pareció ver sentado junto a
mí en la butaca de al lado a Montaigne, que volvía hacia mí su cabeza y me
decía: “¿Ves? Esto es los que esta mañana trataba de explicarte”.
Juro que, al final, entre los créditos de la película, vi escrito: “Guionista: Michael de Montaigne”,
aunque luego, en la hoja informativa que los cines Renoir pusieron a mi
disposición, aparecía escrito: “Guionista:
Paolo Sorrentino”. Pero yo sé que no es verdad, que el guionista real es
Montaigne. Quizá lo hacen porque éste ya no puede cobrar derechos de autor.
Y si no me creen, Vean y escuchen.