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lunes, 2 de diciembre de 2013

Ajustando cuentas con el pasado


Ajustando cuentas con el pasado

Podríamos denominarlas “preguntas repentinas” o “preguntas de ajuste de cuentas con el pasado”, y, de alguna manera, podrían ser definidas como preguntas esencialmente recriminatorias dirigidas a alguno de los padres sobre el pasado, en la infancia y/o adolescencia; preguntas formuladas desde el presente en el que quien las hace ya está en condiciones de “enfrentarse” a su progenitor y pedirle cuentas por algo.
Jonathan Franzen en su novela más reciente, Libertad , uno de los personajes clave, Patty, pregunta a su madre, una vez muerto su padre:
—¿Por qué nunca asistías a mis partidos de baloncesto?
David Foster Wallace, en Sin ningún significado, una historia incluida en Entrevistas breves con hombres repulsivos (1998), un chico a punto de independizarse de sus padres, recuerda un suceso acaecido cuando él tenía 8 o 9 años: su padre se masturbó frente a él. Y ese recuerdo le atormentaba. Un día, el día en el que el padre le ayuda a hacer el traslado, se atreve a plantearlo de este modo:
“… de pronto fui y le dije a padre que hacía poco me había acordado del día en que se bajó y se meneó la polla delante de mi cara cuando yo era niño y […] le pregunté: ‘¿Qué coño pasó allí?’”
Dos preguntas repentinas e inquisitivas y dos respuestas por parte del adulto requerido:
Franzen elige una respuesta absolutamente previsible, titubeante y disculpatoria por parte de la madre.
 
—Tienes razón —admitió Joyce de inmediato, como si llevara treinta años esperando esa pregunta—. Tienes razón, tienes razón, tienes razón. Debería haber ido a más partidos tuyos.
—¿Y por qué no lo hacías?
Joyce reflexionó un momento.
—La verdad es que no sabría explicarlo —respondió—, como no sea diciendo que teníamos tantas cosas en marcha que no dábamos abasto. Como padres, cometimos errores. A estas alturas seguramente tú misma has cometido algunos. Probablemente puedas entender lo confuso y ajetreado que se vuelve todo. Lo difícil que es cumplir con todo.


Foster Wallace elige como respuesta una no-respuesta, una inquietante mirada, un silencio acusatorio al hijo que pregunta:
Y lo que hizo entonces mi padre -estábamos en la camioneta, a falta de un trecho para llegar a casa de mis padres, donde yo esta­ba haciendo los preparativos de mi traslado-, sin apartar las manos del volante ni mover un solo músculo más que el cuello, fue girar la cabeza para mirarme y clavar en mí aquella mirada. No fue una mirada de cabreo ni tampoco una mirada perpleja como si creyera que no me había entendido. Y no fue como si me dijera “¿Qué coño te pasa?”, o “Sal de aquí cagando leches” ni ninguna de las cosas que solía decir cuando era obvio que estaba cabreado. No dijo una palabra, y sin embargo aquella mirada que clavó en mí lo decía todo, como si no pudiera creer que acabara de oír aquella porquería saliendo ­de mis labios, como si no se lo pudiera creer y se sintiera completamente asqueado, como si no solamente jamás en su vida se hubiese meneado la polla delante de mí sin razón alguna cuando yo era niño, sino que el mero hecho de que yo hubiera sido capaz de imag¡nar, que se hubiera meneado la polla ­delante de mí y me lo hubiera creído y luego hubiera sido capaz de sacar el tema en su presencia en aquella camioneta de alquiler y llegar a acusarlo, etcétera, etcétera. La mirada que dirigió en aquel momento en la camioneta  mientras conducía, después de haberle mencionado el recuerdo y habérselo preguntado abiertamente... aquello fue lo que me sacó completamente de mis casillas, en lo que respecta a mi padre. La mirada que me dirigió después de girarse lentamente decía que se avergonzaba de mí y que se avergonzaba de sí mismo por el mero hecho de estar emparentado conmigo.

Dos soluciones radicalmente distintas y que, a mi juicio, enfrentan el realismo fotográfico de Franzen con la profundidad psicológica de los personajes de Wallace.
¿Quién no tiene una pregunta que hacer a un progenitor, aunque éste ya esté muerto? ¿Quién no tendrá que, de alguna manera, hacer un ajuste de cuentas con su pasado?

Pero quizá sea más dramático el que algún día, alguno de tus hijos llegue a formularte una pregunta de este tipo. Yo, al menos, quizá porque ya escucho el eco de la pregunta, temo la llegada de ese momento. Estoy seguro de que enmudeceré al no saber qué coño contestar.
 

jueves, 6 de junio de 2013

Una ancestral costumbre de los santos representantes de la Iglesia


¿De dónde procede la ancestral costumbre de los santos representantes de la Iglesia, de tocar los cojones al prójimo?
Duos habet et bene pendentes

Siempre me ha intrigado el origen de la enraizada costumbre de los representantes de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana de tocar los cojones a fieles e infieles, creyentes y no creyentes, laicos y/o consagrados a la causa, aprovechando para ello cualquier circunstancia que se les presente: sea el aborto, la enseñanza de la religión en las escuelas, el matrimonio entre homosexuales, el onanismo…

Pero la cuestión estaba ahí, latente, como una de las muchas preguntas sin respuesta que uno tiene en el polvoriento almacén de la mente. Hasta que un día, sin saber cómo, quizá espoleada por una chispa de impredecible origen, surge la respuesta, diáfana, como si siempre hubiera estado allí, pero velada, y en un momento el velo cae y allí está, erguida, desafiantemente nítida.

El chispazo vino en una mañana, en la cama, en ese duermevela del final de ciclo del sueño que cada vez acaece más pronto, y el detonante, un comentario leído días atrás en Babelia, el suplemento cultural de El País. En el mismo el escritor Manuel Rodríguez Rivero reseña el libro de James Lord que lleva por título 'Cinco mujeres excepcionales', y a propósito de ello recuerda el caso de la legendaria papisa Juana, una mujer que, de acuerdo con crónicas del siglo XIII, especialmente el Chronicon Pontificum et Imperatorum, de Martin de Opava, ocultando su condición femenina, logró, apoyada por su amante, ir  ascendiendo en el escalafón del poder de la Iglesia hasta llegar a ser elegida papa, la más excelsa cima en este valle de lágrimas.

Su papado se extendió durante dos años, siete meses y cuatro días, entre León IV y Benedicto III, en los años 850 d.C. Quedó embarazada e, ignorante de la fecha exacta en que habría de producirse el parto, dio a luz en plena calle mientras presidía una procesión, mostrándose de esta manera la enorme superchería cometida. De acuerdo con ciertas versiones, la papisa Juana fue allí mismo lapidada hasta su muerte por una ferviente masa de creyentes enfurecidos. Allí mismo fue sepultada y sobre su tumba fue colocada una lápida con la siguiente leyenda: 'Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum'.

Otra versión de esta misma crónica nos da otro final bien distinto para la papisa/madre Juana, de acuerdo con la cual ésta, aún siendo furiosamente apedreada, no murió entonces, sino que fue confinada de por vida, fue obligada a desposar con su amante y murió por causas naturales muchos años después en su confinamiento. La misma crónica nos dice que el hijo nacido sobrevivió igualmente y que, avatares del destino, llegó a ser Obispo de Ostia y ordenó que su madre fuera enterrada en la catedral de su sede episcopal.

Algunas crónicas sugieren que tras la conmoción provocada por aquel hecho en todo el orbe católico por la papisa Juana, se estableció la obligatoriedad de que todo nuevo papa electo, antes de ser proclamado urbi et orbe como tal, habría de ser sometido a una palpación que determinara de manera inequívoca su condición de macho. Ello implicaba un ritual de acuerdo con el cual el recién elegido debía sentarse, provisto de sus atributos papales, en la llamada sedia stercoraria, y allí sentado, rodeado por el Sacro Colegio Cardenalicio, el mayor de los cardenales (otras versiones hablan de que esta ingrata tarea era asignada al becario, en este caso, al más joven de los diáconos asistentes) debía introducir su mano por el agujero existente en el asiento de la sedia stercoraria  y palpar de manera fehaciente las partes pudendas del Electo, dando a continuación a conocer en voz alta el resultado del tocamiento:  "Duos habet et bene pendentes" (más o menos: “Tiene dos y bien puestos”) o, abreviadamente, “Habet”, en el caso de que el resultado fuera positivo. El Sacro Colegio contestaba, aliviado: “Deo gratias”, tras lo cual se daba el visto bueno definitivo al dictamen del Espíritu Santo.

Concluyendo: creo que, independientemente de que puedan existir otros factores incidentes en el origen de la mencionada e inveterada costumbre de tocar los cojones a los demás por parte de los miembros eximios de la Santa Madre Iglesia, es lícito pensar que los hechos expuestos muestran las raíces de esta costumbre. Si estaba permitido y era exigible tocar los atributos al Santo Padre, con más derecho se puede hacer lo mismo con todos los fieles e infieles, de rango inferior por naturaleza.

Por mi parte, una última apostilla crítica: el ritual descrito refleja claramente una manifiesta desconfianza hacia el Espíritu Santo, pues no solo pone en duda su capacidad para designar sin error al Sucesor de Pedro, sino que se arroga, el Sacro Colegio Cardenalicio, la potestad de desdecir y revocar los designios del Espíritu. Y esto me parece muy serio.

Veritas et Salus.

jueves, 21 de marzo de 2013

Santiago Sierra: Apoteosis de los cretinos


Apoteosis de los cretinos o el paraíso de la estupidez

¿No te ha ocurrido en alguna ocasión, que quieres decir algo, algo que te corroe, algo que, como una alimento mal digerido, quiere salir de tu cuerpo, y, mientras andas en esa penosa no-digestión, descubres que alguien se te ha adelantado, que alguien ha expresado, posiblemente mucho mejor que tú podrías hacerlo, lo que tú aún rumiabas?

Eso me acaba de pasar. No sé si será ilegal reproducir literalmente lo que a continuación reproduzco, pero, reclamo mi autoría o coautoría, al menos en fase mental. A mí se me había ocurrido y estaba conformando en mi mente esto mismo. ¿Por qué tocarlo si Santiago Sierra ya lo ha expresado como nunca yo podría hacerlo?  

En una entrevista  publicada en el suplemento Babelia de El País, el 19 de enero de 2013, a la pregunta: En su opinión, ¿cuáles son los asuntos más preocupantes o indignantes de lo que sucede actualmente en el plano político y social en España?, Santiago Sierra respondía:

“El otro día leí unas declaraciones de Gallardón afirmando que gobernar es repartir dolor, Y en eso lleva toda la razón; o administrar la Muerte como decía con mayor audacia Agustín García Calvo. Los partidos políticos son en todo el mundo, y aquí también, organizaciones criminales cuyos esfuerzos van destinados a meter mano en la caja común y repartirse el botín de lo público entre sus cuates, jefes y familiares. Ni izquierda ni derecha. Aquí la única dirección reseñable es arriba y abajo: ellos arriba y los demás abajo, obviamente. Los partidos políticos pertenecen a la banca, que es quien los financia, al igual que los sindicatos mayoritarios pertenecen al Estado, que es quien los financia. La corrupción no es una anécdota, la corrupción es el Régimen, y la extorsión, su método. El Estado es un cuerpo parasitario y su objetivo nunca será el bien común sino el privado, el bienestar de clase, de su clase. En España tenemos una Administración colonial que hace lo que le digan fuera a cambio de impunidad en sus desfalcos. España pertenece activamente a la mayor organización terrorista de la historia del planeta: la OTAN, principal sospechosa de los atentados del I11 de marzo de 2004 en Madrid, entre otras muchas desgracias. España es una monarquía por la gracia del Pentágono, a quienes lo que les importa es la estabilidad de sus bases militares. Es súbdita de la Unión Europea, una auténtica cueva de piratas, desde donde un día se ordena desmantelar la industria para contentar a los industriales del Norte; otro, desmontar la agricultura para contentar a la agroindustria de Francia; o, como vernos últimamente, jalear el robo a espuertas sobre la población peninsular. La Unión Europea nos quiere como camareros y albañiles con la ciencia prohibida y la cultura de rodillas, sin universidades: brutos, pobres y enfermos.
Este es un país de asesinos y de asesinados, con las cunetas llenas de olvidados y las calles llenas de intocables. Aquí se entierra a los fascistas con gaiteros y se celebran las matanzas del Nuevo Mundo y, cuando no, se divierten torturando bestias los domingos. Luego está la mafia de Roma, que entiende la sodomía como un método pedagógico perfectamente aceptable, los señoritos, la clase de los peces gordos, el fútbol, los media, etcétera. Un maldito desastre. Es la apoteosis de los cretinos. Pero lo realmente preocupante es la obediencia. Ese es el mayor problema que tenemos, la obediencia y la candidez.”

Lo subscribo totalmente

El poder de la oración


El poder de la oración

A quien haya dudado en alguna ocasión del enorme poder de la oración puede que lo que a continuación se expone no le descubra nada nuevo, pero me propongo dejar constancia de un experimento científico (El Gran Experimento de la Oración) llevado a cabo por el físico y creyente Russel Stannard, bajo el patrocinio de la norteamericana (¡cómo no!) Fundación Templenton, destinado a probar experimentalmente que rezar por los enfermos mejora su salud.

Antes de empezar:

La descripción y los resultados de este experimento los encuentro descritos en el libro de Richard Dawkins El espejismo de Dios (The God Delusion, en su título original), publicado en 2009 por Espasa Calpe, en su colección Booket, pp. 72 y ss.

¿Qué quién es Richard Dawkins? Pues, según reza su biografía, se trata del titular de la cátedra Charles Simonyi de la facultad de Conocimiento Público de la Ciencia de la Universidad de Oxford. Pero, cuidado, según se puede leer en la contraportada del libro mencionado, este señor está considerado como el más notable ateo mundial y, este comentario es mío, de los ateos ya se sabe lo que se puede esperar.

Y ahora el experimento:

Director del experimento: el doctor H. Benson, eminente cardiólogo del Mind/Body Medical Institute, cercano  a Boston.

Coste: 2,4 millones de dólares, financiados por la Fundación Templenton.

Hipótesis a probar experimentalmente: rezar por los enfermos mejora la salud, o, en lenguaje más científico, probar los efectos terapéuticos de la oración intercesora en enfermos cardíacos (artículo con ese título publicado por H. Benson y otros en American Heart Journal 151: 4, 2006, pp. 934-942).

Método utilizado: doble-ciego, según el cual los pacientes son asignados, al azar, a uno de los siguientes grupos:

Grupo 1: pacientes que recibían oraciones y no lo sabían.
Grupo 2 (de control): no recibían oraciones y no lo sabían.
Grupo 3: recibían oraciones y lo sabían.

Nadie más, ni el resto de pacientes, ni sus médicos o cuidadores, ni siquiera quienes llevaban a cabo el experimento conocían de antemano a los integrantes de los grupos.

Participantes: 1.802 pacientes de seis hospitales, a todos los cuales se les habían practicado cirugía cardíaca para implantarles un bypass.

El grupo de rezadores fue aportado por distintas congregaciones religiosas, todas ellas alejadas de los hospitales en los que se llevaba a cabo la prueba, y entre las pocas indicaciones y datos que se les proporcionaron figuraban el nombre y letra inicial del apellido de paciente por el que cada uno de ellos debía interceder  y, a fin de estandarizar al máximo los formatos, la exigencia de que incluyeran en sus plegarias la frase “por una cirugía de éxito con rápida y saludable recuperación y sin complicaciones”.

Resultados:

(Publicados en el mencionado número de American Heart Journal)

·         Ninguna diferencia en  la evolución de los enfermos que no sabían que se rezaba por ellos (grupo 1) y aquellos por los que no se rezaba (grupo 2).

·         Notables diferencias entre los grupos 1 y 2 y el 3, el compuesto por aquellos enfermos que sabían que se estaba rezando por ellos: los pacientes de este grupo sufrieron muchas más complicaciones que el resto de los pacientes objeto del experimento, parece que debido a un “estrés adicional”, consecuencia probable de lo que uno de los investigadores,  el doctor Charles Bethea, llamó “ansiedad de funcionamiento”, consecuencia directa de haberse preguntado algo así como “¿estoy tan enfermo que tienen que incluirme en las oraciones de su grupo?”.

Consecuencias:

Parece probable que en una sociedad especialmente litigiosa como la norteamericana los pacientes que sufrieron mayores complicaciones cardíacas al saber se estaba rezando por ellos, se agrupen para presentar una querella contra la Fundación Templeton.

Y, añado yo, ¿no sería correcto que los rezadores presentaran otra querella, ya sea conjunta o a título individual, contra Dios por haber hecho caso omiso a sus preces intercesoras? Mi amigo Pablo, que se las da de experto en estos temas, dice que no ha lugar querella alguna, porque Dios, a su incontable relación de Sumas Cualidades, añade la de Sumo Irresponsable y, por ende, no cabe formularle exigencia alguna ni en este ni en cualquier otro  caso.