¿De dónde procede la ancestral costumbre de los santos representantes
de la Iglesia, de tocar los cojones al prójimo?
Duos habet et bene pendentes
Siempre me ha intrigado el origen de la
enraizada costumbre de los representantes de la Santa Madre Iglesia Católica,
Apostólica y Romana de tocar los cojones a fieles e infieles, creyentes y no
creyentes, laicos y/o consagrados a la causa, aprovechando para ello cualquier
circunstancia que se les presente: sea el aborto, la enseñanza de la religión
en las escuelas, el matrimonio entre homosexuales, el onanismo…
Pero la cuestión estaba ahí, latente,
como una de las muchas preguntas sin respuesta que uno tiene en el polvoriento
almacén de la mente. Hasta que un día, sin saber cómo, quizá espoleada por una
chispa de impredecible origen, surge la respuesta, diáfana, como si siempre
hubiera estado allí, pero velada, y en un momento el velo cae y allí está,
erguida, desafiantemente nítida.
El chispazo vino en una mañana, en la
cama, en ese duermevela del final de ciclo del sueño que cada vez acaece más
pronto, y el detonante, un comentario leído días atrás en Babelia, el
suplemento cultural de El País. En el mismo el escritor Manuel Rodríguez Rivero
reseña el libro de James Lord que lleva por título 'Cinco mujeres excepcionales', y a propósito de ello recuerda el caso de la legendaria papisa Juana, una mujer que, de acuerdo con crónicas del siglo XIII,
especialmente el Chronicon Pontificum et Imperatorum, de Martin de
Opava, ocultando su condición femenina, logró, apoyada por su
amante, ir ascendiendo en el escalafón
del poder de la Iglesia hasta llegar a ser elegida papa, la más excelsa cima en
este valle de lágrimas.
Su papado se extendió durante dos años,
siete meses y cuatro días, entre León IV
y Benedicto III, en los años 850 d.C. Quedó
embarazada e, ignorante de la fecha exacta en que habría de producirse el parto,
dio a luz en plena calle mientras presidía una procesión, mostrándose de esta
manera la enorme superchería cometida. De acuerdo con ciertas versiones, la papisa Juana fue allí mismo lapidada
hasta su muerte por una ferviente masa de creyentes enfurecidos. Allí mismo fue
sepultada y sobre su tumba fue colocada una lápida con la siguiente leyenda: 'Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito
Partum'.
Otra versión de esta
misma crónica nos da otro final bien distinto para la papisa/madre Juana, de acuerdo con la cual ésta, aún siendo
furiosamente apedreada, no murió entonces, sino que fue confinada de por vida,
fue obligada a desposar con su amante y murió por causas naturales muchos años después
en su confinamiento. La misma crónica nos dice que el hijo nacido sobrevivió
igualmente y que, avatares del destino, llegó a ser Obispo de Ostia y ordenó que
su madre fuera enterrada en la catedral de su sede episcopal.
Concluyendo: creo
que, independientemente de que puedan existir otros factores incidentes en el
origen de la mencionada e inveterada costumbre de tocar los cojones a los demás
por parte de los miembros eximios de la Santa Madre Iglesia, es lícito pensar
que los hechos expuestos muestran las raíces de esta costumbre. Si estaba
permitido y era exigible tocar los atributos al Santo Padre, con más derecho se
puede hacer lo mismo con todos los fieles e infieles, de rango inferior por
naturaleza.
Por mi parte, una
última apostilla crítica: el ritual descrito refleja claramente una manifiesta
desconfianza hacia el Espíritu Santo, pues no solo pone en duda su capacidad para
designar sin error al Sucesor de Pedro, sino que se arroga, el Sacro Colegio
Cardenalicio, la potestad de desdecir y revocar los designios del Espíritu. Y
esto me parece muy serio.
Veritas et Salus.

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