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jueves, 6 de junio de 2013

Una ancestral costumbre de los santos representantes de la Iglesia


¿De dónde procede la ancestral costumbre de los santos representantes de la Iglesia, de tocar los cojones al prójimo?
Duos habet et bene pendentes

Siempre me ha intrigado el origen de la enraizada costumbre de los representantes de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana de tocar los cojones a fieles e infieles, creyentes y no creyentes, laicos y/o consagrados a la causa, aprovechando para ello cualquier circunstancia que se les presente: sea el aborto, la enseñanza de la religión en las escuelas, el matrimonio entre homosexuales, el onanismo…

Pero la cuestión estaba ahí, latente, como una de las muchas preguntas sin respuesta que uno tiene en el polvoriento almacén de la mente. Hasta que un día, sin saber cómo, quizá espoleada por una chispa de impredecible origen, surge la respuesta, diáfana, como si siempre hubiera estado allí, pero velada, y en un momento el velo cae y allí está, erguida, desafiantemente nítida.

El chispazo vino en una mañana, en la cama, en ese duermevela del final de ciclo del sueño que cada vez acaece más pronto, y el detonante, un comentario leído días atrás en Babelia, el suplemento cultural de El País. En el mismo el escritor Manuel Rodríguez Rivero reseña el libro de James Lord que lleva por título 'Cinco mujeres excepcionales', y a propósito de ello recuerda el caso de la legendaria papisa Juana, una mujer que, de acuerdo con crónicas del siglo XIII, especialmente el Chronicon Pontificum et Imperatorum, de Martin de Opava, ocultando su condición femenina, logró, apoyada por su amante, ir  ascendiendo en el escalafón del poder de la Iglesia hasta llegar a ser elegida papa, la más excelsa cima en este valle de lágrimas.

Su papado se extendió durante dos años, siete meses y cuatro días, entre León IV y Benedicto III, en los años 850 d.C. Quedó embarazada e, ignorante de la fecha exacta en que habría de producirse el parto, dio a luz en plena calle mientras presidía una procesión, mostrándose de esta manera la enorme superchería cometida. De acuerdo con ciertas versiones, la papisa Juana fue allí mismo lapidada hasta su muerte por una ferviente masa de creyentes enfurecidos. Allí mismo fue sepultada y sobre su tumba fue colocada una lápida con la siguiente leyenda: 'Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum'.

Otra versión de esta misma crónica nos da otro final bien distinto para la papisa/madre Juana, de acuerdo con la cual ésta, aún siendo furiosamente apedreada, no murió entonces, sino que fue confinada de por vida, fue obligada a desposar con su amante y murió por causas naturales muchos años después en su confinamiento. La misma crónica nos dice que el hijo nacido sobrevivió igualmente y que, avatares del destino, llegó a ser Obispo de Ostia y ordenó que su madre fuera enterrada en la catedral de su sede episcopal.

Algunas crónicas sugieren que tras la conmoción provocada por aquel hecho en todo el orbe católico por la papisa Juana, se estableció la obligatoriedad de que todo nuevo papa electo, antes de ser proclamado urbi et orbe como tal, habría de ser sometido a una palpación que determinara de manera inequívoca su condición de macho. Ello implicaba un ritual de acuerdo con el cual el recién elegido debía sentarse, provisto de sus atributos papales, en la llamada sedia stercoraria, y allí sentado, rodeado por el Sacro Colegio Cardenalicio, el mayor de los cardenales (otras versiones hablan de que esta ingrata tarea era asignada al becario, en este caso, al más joven de los diáconos asistentes) debía introducir su mano por el agujero existente en el asiento de la sedia stercoraria  y palpar de manera fehaciente las partes pudendas del Electo, dando a continuación a conocer en voz alta el resultado del tocamiento:  "Duos habet et bene pendentes" (más o menos: “Tiene dos y bien puestos”) o, abreviadamente, “Habet”, en el caso de que el resultado fuera positivo. El Sacro Colegio contestaba, aliviado: “Deo gratias”, tras lo cual se daba el visto bueno definitivo al dictamen del Espíritu Santo.

Concluyendo: creo que, independientemente de que puedan existir otros factores incidentes en el origen de la mencionada e inveterada costumbre de tocar los cojones a los demás por parte de los miembros eximios de la Santa Madre Iglesia, es lícito pensar que los hechos expuestos muestran las raíces de esta costumbre. Si estaba permitido y era exigible tocar los atributos al Santo Padre, con más derecho se puede hacer lo mismo con todos los fieles e infieles, de rango inferior por naturaleza.

Por mi parte, una última apostilla crítica: el ritual descrito refleja claramente una manifiesta desconfianza hacia el Espíritu Santo, pues no solo pone en duda su capacidad para designar sin error al Sucesor de Pedro, sino que se arroga, el Sacro Colegio Cardenalicio, la potestad de desdecir y revocar los designios del Espíritu. Y esto me parece muy serio.

Veritas et Salus.

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