Una imprecación a Dios del devenido a rebelde e incrédulo Andreas Pum
"De mi devota humildad
he despertado a la roja y rebelde obstinación. Te negaría, Dios, si estuviese
vivo y no me hallase en presencia tuya. Pero ya que te veo con mis ojos y te oigo
con mis oídos tengo que hacer algo peor que negarte: ¡tengo que blasfemar de
ti! En tu fértil insensatez, concibes millones de seres iguales a mí; crecen,
crédulos y sumisos, soportan los golpes en tu nombre, saludan a emperadores,
reyes y gobiernos en tu nombre, dejan que las balas penetren en su cuerpo y les
produzcan purulentas heridas, se dejan atravesar el corazón por bayonetas de
tres filos, o se deslizan bajo el yugo de tus días llenos de trabajos; fiestas
dominicales, soleadas y amargas, enmarcan con pobre esplendor sus horribles
semanas; padecen hambre y callan, sus hijos se agostan, sus mujeres se vuelven
falsas y feas, las leyes proliferan como zarzales traicioneros en sus caminos,
sus pies se enzarzan en la maleza de tus mandamientos; caen y te imploran, y tú
no los levantas. Tus blancas manos deberían ser rojas. Tu rostro de piedra
debería crisparse, tu cuerpo erguido debería doblarse como los cuerpos de mis
camaradas heridos en la columna vertebral. Otros, a quienes tú amas y
alimentas, tienen permiso para azotarnos y ni siquiera se ven obligados a
ensalzarte. A ellos los eximes de las leyes y de los sacrificios, de la
honradez y la humildad, para que nos engañen. Nosotros arrastramos el peso de
su riqueza y de sus cuerpos, de sus pecados y castigos; los libramos del dolor
y de los pecados, de sus culpas y crímenes; nos asesinamos a nosotros mismos,
sólo con que ellos lo deseen; quieren ver inválidos y nosotros perdemos
nuestras piernas; quieren ver ciegos, y nosotros nos dejamos cegar; quieren que
no los oigamos, y nosotros nos quedamos sordos; quieren ser ellos solos a
gustar ya oler, y nosotros arrojamos granadas contra nuestras narices y bocas;
sólo ellos quieren comer, y nosotros molemos la harina. ¿Y tú existes y no
mueves ni un dedo? Contra ti me rebelo, no contra ellos. Tú eres culpable, no
tus esbirros. ¿Tienes millones de mundos y no sabes qué hacer? ¡Qué impotente
es tu omnipotencia! ¿Tienes miles de millones de asuntos entre manos y no
aciertas a resolver uno solo? ¿Qué clase de Dios eres tú? ¿Es tu crueldad una
sabiduría que no entendemos? ¡Tan defectuosos nos has creado! Si hemos de
sufrir, ¿por qué no sufrimos todos lo mismo? ¡Si no tienes bastantes
bendiciones para todos, repártelas equitativamente! ¡Si soy un pecador... mi
intención era obrar bien! ¿Por qué no me dejaste alimentar a los pajarillos? Si
tú mismo los alimentas, lo haces mal. Ah, yo quería y podía negarte. Pero estás
ahí, único, todopoderoso, inexorable, la instancia suprema, eterno... y no hay
esperanza de que te alcance el castigo, de que la muerte te disipe y te
convierta en una nube, de que tu corazón despierte. ¡No quiero tu misericordia!
¡Mándame al infierno!" (Joseph Roth, La rebelión. Barcelona, Acantilado, 2008. Pp. 146-148)
[Nota personal:
¡Como no recordar ese otro libro leído, de otro maldito judío, Yósel Rákover,
cuyo testamento fue encontrado en las ruinas del gueto de Varsovia, “bajo montones de piedras y huesos humanos
calcinados, escondido y oculto en una pequeña botella”, escrito el 28 de
abril de 1943, horas antes de perecer destrozado en ese gueto! (Zvi, Koliztz, Yósel Rákover apela a Dios, Barcelona, Galaxia de Gutemberg, 2001)]