Ruego se me permita una breve descripción que he recopilado
de Wikipedia (hay que ayudar a esta compañía a que siga autofinanciándose sin
necesidad de publicidad) y de alguna otra fuente respecto a dos términos sobre
los que, sugerido por la lectura de Montaigne, se me ha ocurrido hoy hacer una leve
reflexión. Estos términos son ostracismo
y petalismo.
Se da el nombre de ostracismo
a un procedimiento político derivado de una curiosa ley de la antigua
democracia ateniense que permitía desterrar temporalmente a un ciudadano
considerado peligroso para el bienestar público de la polis o culpable de
acumular un exceso de poder o, en general, de poner en peligro la democracia en
la ciudad.
Etimológicamente, la palabra griega ὀστρακισμός (ostrakismós)
significa exactamente eso: "destierro
por ostracismo".
La palabra ὄστρακον (óstrakon) quiere decir cáscara de
huevo, caparazón de tortuga, caparazón en general. También se refiere a un
trozo de terracota
en forma de concha donde se escribía el nombre de aquellos ciudadanos susceptibles
de ser condenados al destierro.
La ley por la que se establece la institución del ostracismo
fue decretada al expulsar al último tirano, Hipias, poniendo así punto final a la
tiranía de los Pisistrátidas en el
año 510 a.C. Su impulsor fue el
restaurador del nuevo orden democrático ateniense, Clístenes, quien, además,
estableció como institución suprema a la "Ekklesia" o asamblea de todos los ciudadanos. Su objetivo:
salvaguardar el sistema democrático de enemigos internos.
En su aplicación fueron enviados al exilio bastantes
políticos de la polis: el primer
condenado fue el político Hiparco,
más tarde Magacles V, Jantipo
(padre de Pericles)
y en el 482 a. C., Arístides,
por sus enfrentamientos sociales a favor de los campesinos y en contra de las
flotas marítimas.
El procedimiento se repetía cada año y se desarrollaba
fundamentalmente en dos fases:
La primera de ellas tenía lugar durante la sexta pritanía (entre enero y febrero) época
que la cual la mayoría de los ciudadanos podía acudir a la polis (las cosechas se
almacenaban); se reunía en asamblea y se votaba a mano alzada si se debía proceder a condenar
al ostracismo a algún ciudadano. No había debate y los nombres de los
candidatos no se revelaban. Si el resultado era positivo, volvían a tener una
votación pública dos meses más tarde, en la siguiente pritanía.
En este segundo encuentro, se reunían en asamblea solemne (catekkelesía), requiriéndose un quorum de seis mil ciudadanos con derecho a voto. Cada ciudadano que deseaba votar, escribía
con un punzón sobre un fragmento de cerámica. o eventualmente en una concha de
ostra (de ahí la palabra ostracon), el nombre
del sujeto cuyo destierro le parecía necesario para el bien público. Si alguno
de los señalados obtenía la mayoría absoluta de votos emitidos debía abandonar
la ciudad en el plazo máximo de diez días y permanecer exiliado durante diez
años.El exilio no
era nunca permanente y, además, la persona exiliada no perdía jamás sus
derechos como ciudadano e incluso podía ser perdonado y
autorizado a volver a la ciudad por una nueva votación de la asamblea. Durante
el periodo de destierro, la ekklesía conservaba los ostraca en los que figuraban los nombres de los ostraquizados.
Esta votación
se hacía al pie de la colina en la que se ubicaba el Cerámico, el barrio del gremio alfarero de
Atenas, quienes, al pie de dicha colina, arrojaban los productos de alfarería
defectuosos, rompiéndose en trozos cóncavos que recordaban la forma igualmente cóncava
e irregular de una concha de ostra (ostracon).
Como
curiosidad, valga una cita de Plutarco relativa al destierro de Arístides:
Estaban en la operación de escribir
las conchas, cuando se dice que un hombre del campo, que no sabía escribir, le
alcanzó una a Arístides, a quien casualmente tenía al lado, y le encargó que
escribiese Arístides; y como éste se sorprendiese y le preguntase si le había
hecho algún agravio: “Ninguno —respondió—, ni siquiera le conozco, pero ya
estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo’". Oído esto,
Arístides nada le contestó y escribiendo su nombre en la concha, se la
devolvió. (Plutarco, Vidas paralelas: Arístides, VII).
El segundo de los términos comentados, el petalismo (del griego πεταλισμός) era un procedimiento similar al anterior que llegó a aplicarse durante un tiempo en la ciudad siciliana de Siracusa según el cual se desterraba a las personas que habían concentrado un gran poder e influencia y podrían ser potencialmente peligrosas para la ciudad. En este caso el procedimiento consistía en escribir el nombre de la persona cuyo destierro se consideraba conveniente en una hoja de olivo. Se trataba, pues, de un sistema inspirado en el ostracismo con el que se pretendía controlar las pretensiones de aquellos hombres que querían implantar una tiranía y provocaban abundantes desórdenes en la ciudad. El exilio de las condenados al mismo tenía una duración de cinco años.
El petalismo fue abolido prontamente debido a que, a causa del temor al exilio, los ciudadanos más importantes, que por su poder o su virtud habrían podido prestar mejores servicios a su patria, se alejaban de los asuntos públicos y se dedicaban únicamente a la administración de sus propios bienes, permitiendo así que fueran los más perversos y los más audaces quienes asumieran la gestión de los asuntos públicos. Pronto aprovecharon esta situación demagogos y alborotadores, provocando desórdenes y revueltas entre la población.
(¡Gracias Wikipedia y
otros!)
Y ahora una breve, y seguro, insustancial reflexión:
¿No sería oportuno, en esta fase de inoperatividad política
en la que nos encontramos, recuperar alguna forma de ostracismo o
petalismo, al modo como los idearon y pusieron en práctica griegos y grecorromanos?
Sería algo así como preguntar a los ciudadanos, en lugar de
votar de nuevo a los mismos y lo mismo, si, vista la experiencia habida, no
sería oportuno condenar al “ostracismo” o
al “petalismo”, o como quiera que se acuerde llamar a este fenómeno, a
aquellos políticos que, habiendo sido elegidos en pasadas elecciones, han sido
incapaces de llegar a algún acuerdo que permitiera un gobierno en este país e
impedirles de este modo que durante un periodo temporal de unos años no puedan
aspirar a ser de nuevo elegibles? Igualmente deberían ser condenados a devolver
los fondos públicos recibidos, tanto en forma de subvenciones como de salarios.
No creo que a ningún trabajador le paguen tan generosamente por no hacer nada.
Estoy seguro que, teniendo en cuenta las opiniones de todos,
con ideologías distintas, llegaríamos a un buen resultado que, posiblemente, diera
satisfacción a todos.
Además, visto lo visto, estoy seguro de que no serían de
aplicación las causas por las que el petalismo
fue abolido en Siracusa, pues aquí ya ha quedado suficientemente demostrado que
no son precisamente los hombres “virtuosos” los que aspiran a la gestión de la
cosa pública, sino que, por el contrario, son “los más perversos y los más
audaces” los que, con las excepciones que cada uno quiera hacer, pretenden
gestionar los asuntos de Estado y fomentan “entre las masas el desorden y la
revuelta”, ¡al menos la indignación!, y abundan “los demagogos y los
aduladores” y los ladrones de lo público (muchos).
Pues no sé, pero, quizá, de este modo se reirían un poco
menos de nosotros.
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