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domingo, 14 de febrero de 2016

Hay días que vienen completos



Nuestros días pasan sometidos al ritmo que marcan nuestras pequeñas y cotidianas rutinas. Sin detrimento de la rutina, pues, al fin y al cabo, es ella quien aporta el tejido óseo, el entramado, algo así como la estructura de hormigón que sustenta nuestras vidas, las recorre y, a veces, nos permite salirnos de ella y contemplar, desde perspectivas inéditas, panoramas espléndidos.


Es como si la rutina nos diera una especie de tregua, un escape, un permiso por horas para escapar de sus lazos, sabedora de que al día siguiente volveremos a ella buscando la seguridad que proporciona.


Ayer mismo fue para mí uno de esos días. No sé muy bien cómo llegó a suceder, pero allí estaba yo, por la mañana, prosiguiendo mi lectura de los Ensayos de Montaigne, edición de Cátedra. Ese día entre otros, leía yo el cap. XXXIX que lleva por título La soledad y que tiene por destinatarios de sus reflexiones a los que ya hemos cumplido suficientes años. Y, en el mismo, entre otras, se recogen ideas como éstas: 

Es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad.[…] Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos apoltrone: In solis sis tibi turba locis (Sé tú mismo; multitud en soledad (Tíbulo).


Decía Sócrates que los jóvenes debían instruirse; los hombres ocuparse en la práctica del bien, y los viejos apartarse de toda ocupación civil y militar, viviendo libres, sin obligación ninguna determinada. Hay naturalezas que son más propicias que otras a estas condiciones del retiro.


En el gobierno doméstico, en el estudio, en la caza, en cualquiera otro ejercicio, puede llegarse hasta el último límite del placer y cuidar de no tocar más adentro, allí donde la pena comienza a tomar parte. En cuanto a ocupación y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad cobarde y adormecida.  


Por la tarde, aún con permiso de la rutina, viendo esa espléndida película de Paolo Sorrentino que lleva por título La juventud.  Jóvenes y viejos en ese espléndido balneario suizo y alpino. Vejez y juventud,  pasado y futuro, observándose, aprendiendo unos (los jóvenes) de los otros; añorando otros (los viejos) lo perdido. “¿Quién es?”. “Dios”. Y, efectivamente, era Dios, encarnado en el cuerpo hermoso, muy hermoso, ¡Dios, qué hermoso!, de una joven y hermosa mujer. 


Me pareció ver sentado junto a mí en la butaca de al lado a Montaigne, que volvía hacia mí su cabeza y me decía: “¿Ves? Esto es los que esta mañana trataba de explicarte”. Juro que, al final, entre los créditos de la película, vi escrito: “Guionista: Michael de Montaigne”, aunque luego, en la hoja informativa que los cines Renoir pusieron a mi disposición, aparecía escrito: “Guionista: Paolo Sorrentino”. Pero yo sé que no es verdad, que el guionista real es Montaigne. Quizá lo hacen porque éste ya no puede cobrar derechos de autor.

Y si no me creen, Vean y escuchen.





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