Vivimos indudablemente en tiempos de
cambios profundos en lo que a nuestras creencias religiosas se refiere. La
crisis económica que nos azota ha llegado a la religión y, por ejemplo, ha
obligado a la Santa Iglesia Apostólica y Romana, la Única Verdadera, la Única
que ostenta en exclusiva la representación en la Tierra del Único Dios
Verdadero, a revisar su doctrina sobre los sistemas de premios o castigos
tradicionalmente establecidos tras la muerte, en la eternidad que
inevitablemente nos espera.
En esta vorágine de
cambios, el Purgatorio ha sido suprimido por innecesario; se ha producido una
profunda revisión del concepto del Infierno, que ha pasado de ser un tenebroso
lugar físico localizado no se sabe muy bien dónde, pero real, tan real como el
fuego eterno que lo habita, a ser un sentimiento personal, una situación
interior de cada uno de nosotros. Y otros muchos cambios e innovaciones que
resultaría enojoso relatar en este momento.
Aunque no se han publicado datos sobre el ahorro que estas medidas pueden suponer, indudablemente debe ser de alcance muy, pero que muy significativo. Baste pensar si no en el enorme coste de las materias energéticas necesarias para mantener avivado in aetermum el terrible fuego del infierno; el no menor coste de personal necesario para mantener activo este infernal antro; las medidas de seguridad necesarias para que ninguno de los allí condenados escape del mismo; personal de administración…
La Santa Iglesia Católica y Apostólica (y Romana) de alguna manera lo privatiza y que cada cual corra con los gastos de mantenimiento de “su infierno particular”. Desde luego no puede negarse a esta Santa Iglesia y a sus comandantes una superior visión de futuro y valentía a la hora de tomar medidas que, aunque duras, son absolutamente necesarias.
Ante esta profunda revisión de esquemas tradicionales sobre los que se ha asentado mi vida desde antes de que yo naciera, de pronto me descubro sin cimientos y entro en crisis de fe y como vivir sin fe es muy duro para una conciencia conformada en la misma a lo largo de muchos años, trato de refugiarme en creencias que me den más seguridad, que no me sometan periódicamente a revisión, a cambios radicales de dogmas y valores.
Quizá habrá que indagar en otros sistemas de creencias y ver a cuál de ellas, menos voluble, afiliarse.
Aunque no se han publicado datos sobre el ahorro que estas medidas pueden suponer, indudablemente debe ser de alcance muy, pero que muy significativo. Baste pensar si no en el enorme coste de las materias energéticas necesarias para mantener avivado in aetermum el terrible fuego del infierno; el no menor coste de personal necesario para mantener activo este infernal antro; las medidas de seguridad necesarias para que ninguno de los allí condenados escape del mismo; personal de administración…
La Santa Iglesia Católica y Apostólica (y Romana) de alguna manera lo privatiza y que cada cual corra con los gastos de mantenimiento de “su infierno particular”. Desde luego no puede negarse a esta Santa Iglesia y a sus comandantes una superior visión de futuro y valentía a la hora de tomar medidas que, aunque duras, son absolutamente necesarias.
Ante esta profunda revisión de esquemas tradicionales sobre los que se ha asentado mi vida desde antes de que yo naciera, de pronto me descubro sin cimientos y entro en crisis de fe y como vivir sin fe es muy duro para una conciencia conformada en la misma a lo largo de muchos años, trato de refugiarme en creencias que me den más seguridad, que no me sometan periódicamente a revisión, a cambios radicales de dogmas y valores.
Quizá habrá que indagar en otros sistemas de creencias y ver a cuál de ellas, menos voluble, afiliarse.
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